El cielo persevera encapotado, el rumor de la llovizna, los veinte metros de altura que ofrecen un deleite inusitado a la pupila. No hay personas. Toda la ciudad se construye, ahora, sin banquetas, sin autos, sin niños y las burbujas con las que juegan. Si aquí arriba no puede escribirse a gusto, entonces nada.

Sería la altura. La ventana completamente abierta. La tormenta. No se sabe.

Suena la lluvia sobre los techos de la ciudad que se incendia, del suave gris al azul violáceo; las transparencias de la humedad y el frío, tan desconocidas por ella. Los tinacos negros, los verdosos, el moho y el tiempo se ofrecen a la vista, por niveles. Los terceros pisos de enfrente están casi al alcance de la mano. Podría uno dar un brinco y volar como papalote entre las azoteas rojas, entre los charcos. Un framboyán. Uno sólo. De tono distinto, casi anaranjado. En contraste con el cielo. Aquel árbol que adereza la vista es una dulce excepción cual manantial es en el desierto. Quedan los restos de arena, ahora empapada, montecitos de cemento, algunos ladrillos dispersos sobre uno que otro tejado. El mar que se hace a tempestades.

Hace frío. Poco. Como para erizar ligeramente la piel del cuello. Como para acercarse un tanto a la piel de al lado. El dolor sabroso y tolerable de un frío en junio, a mitades precisas de junio en un suelo caliente.

Las antenas descansan. El rocío, la llovizna, las gotitas resbalan por sus superficies cóncavas. Se desborda el erotismo de la imagen cuando rebasa la orilla del cuerpo que lo contiene. El agua que recorre superficies, lentamente, cuando se acumula el peso adecuado y se concentra, y se desprende de su nido, la gota. Y tal vez en el camino encuentre otra, si tiene suerte, y en su encuentro acelere su existencia. Y recorran nuevas líneas no inventadas. Y tal vez choquen, en algún punto, con otras vidas, con otras gotas. Así también el agua sobre las vidrieras enormes del caserón de la siguiente cuadra. 

Un poco más lejos, se asoma tímida la torre más alta de la catedral cuernavaquense. El perfil elegante, las marcas del tiempo. La forma aquélla, que si fuera la última, sería la más hermosa. 

Sigue lloviendo. Las manecillas tercas de un reloj distraído siguen avanzando, casi por inercia. La ceniza del cigarro empieza a acumularse. La tensión en la mirada crece. Separarse del paisaje es ahora peligroso. 

El cielo persevera encapotado, el rumor de la llovizna, los veinte metros de altura que ofrecen un deleite inusitado a la pupila. No hay personas. Toda la ciudad se construye, ahora, sin banquetas, sin autos, sin niños y las burbujas con las que juegan. Si aquí arriba no puede escribirse a gusto, entonces nada.

Me dieron ganas de coger la mesa y empotrarla contra la ventana. Prender otro cigarro. Cerrar la puerta para evitar la corriente. Disfrutar el fresco estático, sin velocidad. Sólo el fresco y la humedad casi insoportable. 

Me daban ganas de estar más sola. Con la máquina. Con las teclas persiguiéndose. Con los techos rojos dibujándose sobre la hoja blanca, y ofrendarle un par de palabras a las celosías de enfrente, a la terraza solitaria, al helecho que se derramaba de su cuenco, colgado de un techo blanco, como a veces cuelga el alma. Al solario desolado, sin sol posible. 

Luego me dieron ganas de no estar tan sola. De tener un cuerpo junto. Un cuerpo solamente, con sus muchos rincones. Y que no se oyera más que el murmullo del diluvio, su cadencia, su mensaje cifrado sobre las baldosas de un suelo que no queda a la vista. Nomás el horizonte disparejo de una ciudad que, poco a poco, se empantana. La piel cerca. Las manos casi transparentes que la recorren.

Me daban ganas. Ganas violentas de tirarnos en la cama y llover, también, como allá afuera. Constantes. Los ojos prendados de los otros ojos y del framboyán que espera como huérfano de madre, su llegada. 

Me dieron ganas de ser mariposa. De que la lluvia amainara, tantito, para poder aletear sobre las azoteas mojadas. Ser blanca sobre el suelo de este mundo granate. Acercarme a los tanques de gas como si fueran islas, continentes nuevos e insospechados sobre el mapa. Los tubos, los cables, las barras de metal que chorreaban de mojadas. Todos los territorios posibles. Ser mariposa contra el cielo cargado. Contra la tempestad que se avecina. Contra el presagio. Me daban ganas. 

La mesa se quedó en su sitio. El cigarro, consumido por completo, dejó de pronto de echar humo. Las volutas se alejaron, cortadas por el agua que caía, insistente. La ciudad siguió incendiándose de lluvia. Los techos rojos, a un palmo de distancia. Quedó ahí, también, la catedral adormecida, casi eterna. La imagen cristalizada en la memoria. Necia. Imperturbable.

Y luego nada. La ventana siguió abierta. Por completo. Y morir en ese instante resultó muy adecuado. No cabría tanta belleza nuevamente en la mirada. Tanto frío. Tanta agua resbalando por el aire. Acabarse, de pronto, ahí, sonaba apropiado. Terminarse, entonces, fue perfecto. 

Si los muertos pudiéramos volver de la muerte, aunque fuera sólo un ratito, pediría amanecer allí, en el tercer piso de Rayón 18, asomada en la ventana. No puedo evitarlo. Quizá fuera la lluvia obsesiva, la columna de ceniza que antes era cigarrillo, la soledad de la borrasca. Sería la altura. O sería el vértigo.