En noche oceánica que deshará
tu sombra en mis pupilas…
Mónica Puyhol
Te habías muerto dos meses antes. Recuerdo que tardé un tiempo en convencerlos a todos de que debías quedarte entre las olas de Acapulco. Tú lo habías pedido así. Me lo dijiste un día, estando metidos, como siempre, en la marea abierta de aquél océano que devora las ansias de cualquiera. Habré tenido unos diez años pero lo tengo tan claro como el agua que ahora cobija los dedos de mis pies desnudos, como mi alma.

Te extraño. Los días pasan frente a mí como un hilo de cascada, al precipicio, y sigo preguntándome cómo es posible seguir caminando después de perderte.
Aquel encuentro vive dentro mío, cual guarida. Siendo la primera de tus nietas fue mi deber traerte. Apenas clareaba. El taxi me dejó en la entrada de Puerto Marqués y yo caminé despacio; arrastrando los pies como muerta en vida; sí lo estaba. Aún sentía el vaivén de tu barriga cuando me acostaba contigo a encontrar mariposas en el tirol del techo de tu cuarto; veía la peligrosa curvatura que dibujaba el ala de tu sombrero blanco, su sombra, sobre mi almohada; las pecas de tus manos sobre el nido de mi cabello ensortijado; dolía el hueco que dejaste cuando te diste por vencido y ni mis ojos verdes sirvieron para convencerte, esos que algún día fueron tu locura.

Caminaba contigo entre mis brazos, en una urna de caoba con incrustaciones de perla madre. Por una intuición que entonces no pude comprender, entré a la pequeña iglesia que adorna el camino hacia la playa. Te puse junto a mí en la banca y esperé. A veces pienso que las personas entran a los templos, sólo esperan. Yo así hice.
Esperé, una voz, una explicación, un alguien o algo que estuviera dispuesto a recibir mis quejas, a consolarme o a estar conmigo. No hubo tal, nada. Los pocos feligreses iban y venían sin percatarse de los gotones vidriosos que escurrían por mi rostro y manchaban mis piernas de tristes islas mojadas. Mi falta de fe nunca hallado adversario capaz de retractarla.

Salí del recinto dejando una estela de nostalgia tras mis pasos. Lo que pudo haber sido y no fue me persigue, hasta la fecha. En el patio, un hombre. En su mano, una maleta. Colgando de su cuello estaba un letrero con signos rojos como las noches de los solitarios. “Vendo aquello que usted busca, antes del fin del mundo”. Sus ojos eran un par de margaritas. Sonrió al verme; se acercó y puso su mano sobre las cajas en donde estabas. “Puedo regresártelo, por un par de monedas”.

Las lágrimas no cesaban y no estaba tu pañuelo gris para limpiarlas; no oí tu“tranquila, mi hijita, mi Damita de las Camelias». Pero él lo repitió. “Sólo por un par de monedas». Puse las que tenía en el bolsillo en el sombrero que él extendía, más que hacia mí, hacia el universo.

Llegué a la playa. Contraté a un lanchero que me llevó a mar abierto y se detuvo, entonces, a contemplar cómo caían tus cenizas sobre el agua, formando manchas aceradas que se iban desgajando, que se alejaban de nosotros con el viento. Los reflejos tornasolados de los minerales que algún día hicieron tu cuerpo, se hundía despacio, como si quisieran quedarse. Te despedí, te dije que te amaba y que siempre que estuviera yo en presencia aunque fuera de un vaso de agua, te recordaría. Flotaba el trazo escarlata de una rosa y su naufragio coloreando la espuma braza que dejaba el motor detrás de nosotros.
Hoy estoy de pie en esta misma playa, en esta misma arena que me ve todos los años, quizá con ternura, quizá con lástima. Y como todas las veces, como todos los instantes que paso a tu lado, más cerca que siempre, lo recuerdo. Aquel hombre que se para a lo lejos, también sobre la arena, con sus sombrero de ala blanco, con el viento de la noche revolviendo sus cabellos, con una maleta en la mano izquierda que roza el verde del océano que nos contiene, con todo y nuestras penas.
Te extraño.