No sé si en la mente de mi mamá, quedarse en Ecatepec era resignarse a estar igual de jodido, pero cuando cumplí 16 nos llevó a vivir a Querétaro. No quería que mi hermana tuviera algo que ver con mis amigos fans de Led Zeppelin, Metallica, Alesana, From First to Last, de pantalones entubados, cabello largo o fleco y delineador.
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Aspiraciones y fractura

Cuando tenía 19, acompañé a mi tío a ver un cliente con la misión de vender un servicio de impresión para una editorial. La cita era en La Condesa. Nunca había visto una colonia tan bonita como esa, llena de edificios art déco, árboles enormes y viejos, banquetas grandes para caminar y detenerse en los cafecitos y librerías. Ni una sola combi, ni una sola barda anti-inundaciones construida a media banqueta. Ese día, en 2011, me propuse eso de vivir en La Condesa y salir a los bares mamones, comer en los restaurantes, andar en bicicleta, habitar ese espacio igual que ese pandroso adinerado cliente de mi tío. 

Yo crecí en Ecatepec, en El Bosque, una colonia rodeada, primero por Tulpetlac y unos años después también Ampliación Tulpetlac. Jugábamos en los abedules, construíamos casas del árbol, rompíamos los vidrios de los vecinos jugando al beis, hasta atrapábamos ajolotes cuando se inundaba. A las guerras de lodo y a la diversión de la infancia no llegaba, aún, eso que ahora todos dicen de Ecatepec. Lo que empezó tan pronto cortaron los abedules para ampliar la México-Pachuca, las jardineras ahora tapadas con concreto para que los perros no se caguen en la calle, las rejas que le pusieron a la tiendita de La Sebastiana, los asaltos en el puente de La Guadalupe. Luego en el de Laredo, luego en el de San Carlos, luego en todos. Ecatepec está jodido. 

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Dejar el espacio por otro… ¿mejor?

No sé si en la mente de mi mamá, quedarse en Ecatepec era resignarse a estar igual de jodido, pero cuando cumplí 16 nos llevó a vivir a Querétaro. No quería que mi hermana tuviera algo que ver con mis amigos fans de Led Zeppelin, Metallica, Alesana, From First to Last, de pantalones entubados, cabello largo o fleco y delineador. “Son unos nacos”, decía ella. Querétaro está bonito. Llegamos a Plazas del Sol, una colonia “de ricos”, a una casa de dos pisos que mi tía le prestó a mi mamá. Tenía un parque con rampa para patinar y canchas de básquet con redes en las que sí se podía jugar, no como las de El Siervo de la Nación, donde nunca había aros y siempre se las apañaban los señores envueltos en sus uniformes viejos del Toluca o del Cruz Azul pa’ ganarte el lugar y caguamear. 

Mis nuevos amigos no se sabían la de entubar los pantalones a mano, con aguja e hilo, no albureaban bien, no grafiteaban. Con su inglés perfecto se aventaban las de The Strokes completitas, bien pronunciadas. La mayoría erán malísimos, pero que buenos instrumentos tenían. Esa fue la primera vez que vi, escuché y toqué una batería Pearl sin platillos abollados y sin silenciadores hechos con cinta de aislar. Mis amigos güeros le caían mejor a mi mamá. Usaban ropa de marca y tenían carro, y en Querétaro la vida es muy difícil si no tienes carro. En esos días me di cuenta que hay gente que sí se preocupa por cuanto varo tiene tu familia. A mis compas de Ecatepec y a mi nos valía madre. Ese pedo no era lo mío. Mis compas de Querétaro eran buen pedo, pero la escuela de monjas y los vatos ninguneándome por andar en el transporte público de mierda, caminando una hora para llegar a mi casa después de la chamba o la escuela, eso no. 

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Me regresé a vivir con mi papá al D.F. –que no es DF–, ahora a Nezahualcóyotl, en una colonia que colinda con Ecatepec y la Gustavo A. Madero, cerca de La Villa. Esa zona también era mi barrio, desde Indios Verdes hasta San Juan de Aragón y La Ronda. Mi abuelo tenía un taller en la calle de Garrido. De niño mi papá me llevaba al parque de los cocodrilos, conozco bien todo. Tengo bien grabado en la memoria el olor de las garnachas del Mercado de la Estrella y de la barbacoa de Misterios. El silbido de las jacarandas gigantes de la Calzada de Guadalupe y el ruido de las peregrinaciones. 

En 2017, eso de vivir en La Condesa no se pudo, pero logré rentar un depa en La Guadalupe Tepeyac, ideal para el compa de Ecatepec con un trabajo en Coyoacán y mis dos perros. No es lo mismo ir de Tulpetlac a Coyoacán todos los días que de La Villa a Coyoacán. Cuando vives en el Estado de México pero trabajas o estudias en el D.F., toda la ciudad es tuya. Sales a Regina a caguamear, te das la vuelta al Chopo para armarte de unos discos y unas playeras, si andas más jipster puedes lanzarte a la Cineteca a mamonear. La Guadalupe Tepeyac tenía lo suyo, se parecía más o menos a La Condesa, aunque sin gringos, sin restaurantes caros, sin librerías, sin donde echar trago, pero con parques grandes. Y eso sí, con buenas fondas, sin necesidad de andar al tiro pa’ que no te quieran talonear. 

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Viví ahí 4 años, hasta que en la pandemia me pidieron el departamento. La hija de mi rentero se quedó sin chamba y no tenía donde vivir. Yo también me quedé sin chamba y tampoco tenía donde vivir. Tuve que regresarme a Ecatepec a vivir en casa de mi novia, ahora por el metro Muzquiz. Ni una caguama se podía comprar ahí. En chinga salían los estatales, y todavía, por Impulsora, si te ven pendejo, te chingan. Nuestra “protección” era un pastor alemán, muy consentido y pusilánime, pero imponente. Me daba miedo que mi novia saliera sola al mercado o a ver a sus amigas, pero a ella le valía madre. ¿Por qué iba a darle miedo? Ese era su barrio, con todo y los muertos tirados en las esquinas, con todo y los asaltos a plena luz del día. 

Siempre es difícil contrastar el propio barrio. Todos los años creciendo ahí no pasan en vano. Pero a mí, me cagaba. El olor a gallinas muertas cuando salía a correr, esquivando mierda y altares con velas negras, ese olor se quedaba en todo el recorrido, porque estaba en todas partes. Las vías del tren y la hierba crecida por las lluvias eran los espacios favoritos para que la gente dejara basura y ropa interior, siempre femenina. Dicen que la zona no estaba tan ojete como cuando el Río de los Remedios estaba abierto. Da igual, todo Ecatepec está jodido. Yo estoy jodido y para eso alcanza. 

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Me separé de mi novia en 2021. Eso de vivir en La Condesa era imposible, otra vez. Me regresé a Querétaro. Aquí parece que la gente no tira basura en las calles, hay áreas verdes y puedes salir a correr con los audífonos sin tener que estarte cuidando de los pinches estatales. Regresé porque ya no quería correr esquivando mierda y tampoco quería que mis perros comieran gallinas sacrificadas en nombre de quién sabe qué. Pero también por otras cosas, conozco está ciudad y me alcanza para esta ciudad. Quién sabe hasta cuando. 

Pago dos rentas: mi casa y en donde está mi taller, por El Pueblito. El negocio no va mal, pero las rentas no dejan de subir. Pagar dos rentas en CDMX sería imposible. Vi a un amigo hace poco ahí en la Tepeyac y ahora todo cuesta el doble. Los depas son todos Airbnb, la fonda donde comía es ahora una “hamburguesería gourmet”, la lavandería es una “cafetería de autor”, La Canica está llena de güeros y vende ahora el pulque más diluido en leche condensada y caro del mundo. 

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Lo que nos pertenece también nos expulsa

Acá en Querétaro, los locales dicen que los chilangos estamos gentrificando. Los amigos que aquí crecieron, ya medio pedos, dicen que los chilangos los ponen xenófobos. Llegando a cagar todo, manejando bien acelerados. ¿Cómo no vamos a andar acelerando? Si uno siempre tenía que andar cuidando que no le chinguen el carril, o pelear a codazos en el metro por ese lugar de apenas unos centímetros cuadrados donde, si entran tus pies, ya chingaste. No sé si esta gentrificación es la misma que la de CDMX. Los chilangos llegamos porque nos quedamos sin donde vivir.

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En el fraccionamiento donde vivo la renta ya pasó de los $4,500 mensuales a $7,500 más servicios. Ya conté 4 nuevas casas que se convirtieron en Airbnb, 4 vecinos gringos. En El Pueblito, ahora “barrio mágico”, ahí vienen los güeros, ya los vi, hablando en francés con sandalias, bermuda y gafa oscura, curioseando en las tiendas chinas a lado de la Zona Arqueológica. Pinches güeros soplapitos, a mí me ponen xenófobo estos weyes. 

Eso de vivir en La Condesa no se ha podido, ni se podrá, ni se antoja a estas alturas. No hay nada de mi barrio, nada de la persona que fui en el dichoso centro del país. Caminar por ahí, de noche, es como estar en otro país. En los cafés seguro escuchas a los güeros decirle al mesero inglish plis. “Aprende español, perro”, decía una pinta en la marcha. Y al chile sí. En eso de vivir en La Condesa ya no cabe el lugar en el que soy.