Los escombros del flâneur
El flâneaur, con su condición de espectador que escribe la ciudad con cada paso, ha transitado las páginas de incontables obras literarias. Desde su aparición en la Francia del siglo XIX, este término ha designado a todo paseante que reivindica el andar como práctica estética. El flâneaur emprende un recorrido-relato que ha formado una tradición literaria para cuestionar la representación de la ciudad y sus calles.

Sin embargo, ya no habitamos el mismo mundo ni recorremos las mismas calles. El vagar, amenazado por la exigencia de productividad y el desencanto de la modernidad, ha quedado reducido a una experiencia mercantilizada. El flâneur pasa así a integrar la larga lista de arquetipos literarios que hoy no pueden ser más que personajes a quienes se les concede el privilegio burgués de transitar sin rumbo.
En tiempos en que “nadie en esta ciudad tiene derecho a la velocidad del paseo” (Luiselli, V. | 2010)¿Podemos reclamar el derecho a la flânerie en calles que son cada vez menos nuestras? ¿Cómo podemos escribir, entonces, la ciudad?
Abandonar el lugar en el que somos
“Entre la ciudad escrita y la ciudad real hay una diferencia de sistemas materiales de representación, que no puede ser confundida con frases cómo ‘la literatura produce ciudad’.”
(Sarlo, B. | 2009)

La ciudad del presente está atravesada por innumerables conflictos. De la modificación, destrucción y supuesta ‘reestructuración’, el espacio urbano no ha terminado precisamente en ruinas, pero para la mayoría resulta inhabitable.
Ya no responde a las nociones tradicionales de la crítica literaria. Las distinciones como urbana/rural, histórica/ficción, pura/social se han vuelto difusas, fusionándose unas con otras. Esta fractura espacial incide directamente en las formas de escribir la ciudad.

¿El concepto de flâneur está realmente obsoleto? ¿Ha vuelto a sus raíces? El paseo callejero sin prisa alguna es nuevamente un privilegio para quienes el aburguesamiento de la ciudad y de sus calles resulta perfecto. Pero… reivindicar al flâneur implica pensar en la ciudad como un texto que puede ser organizado como la ciudad misma. Delimitar zonas, deambular por barrios, trazar itinerarios y, sobre todo, reclamar espacios.
Así como la escritura de mujeres dio lugar a la flâneuse para reclamar el derecho a transitar el espacio público, es momento de preguntarnos qué puede hacer la literatura para reclamar un concepto como el del flâneaur y expandirlo, de modo que incorpore nuevas miradas que recorren la ciudad desde sus trincheras, desde sus ruinas y sus escombros.

“Lo construido se habita, se desaloja, se renueva, se deteriora: una construcción no pervive, sobrevive; ese acto depende en buena medida de los sujetos que la miran, recorren, utilizan y recuerdan: un edificio es un cuerpo, pero su alma son las personas que lo habitan” (Cebey, G. | 2017)
Leer la ciudad en ruinas
Incluso al caminar por bosques y praderas
das pasos políticos en terreno político.
Ser o no ser, ésta es la cuestión.
¿Qué cuestión?, adivina corazón:
una cuestión política.
Hijos de la época, Wislawa Szymborska
El flâneur necesita transformarse y encontrar nuevas formas de narrar el andar como una práctica estética crítica capaz de revelar las fracturas del presente. Leer la ciudad en sus ruinas, concreto y políticas urbanas, pero también en la memoria de quienes la recorren y la escriben.

¿Qué transita la subjetividad del personaje que somos mientras caminamos? ¿Puede la literatura devolvernos el derecho al paseo? ¿Cómo reclamar las calles desde la escritura?