Clarice Lispector, la medusa y el instante

“Entonces escribir es la manera de quien usa la palabra como un
cebo, la palabra que pesca lo que no es palabra”.

En portugués água viva significa exactamente lo que parece, pero también significa medusa, un nombre perfecto para aquellas criaturas marinas irreales, inasibles, transparentes como una ensoñación.

Las medusas han habitado el planeta Tierra durante 700 millones de años y, pese a ello, al menos para nuestra corta visión antropocéntrica, parecen ser algo fuera de este mundo.

Existe incluso una especie de medusa, la turritopsis dohrnii, capaz de revertir su ciclo de vida indefinidamente. Cuando envejece, en lugar de morir como es lo deseable, como es lo comprensible, la turritopsis dohrnii se desplaza al fondo del mar e inicia un proceso de metamorfosis que la devuelve a su etapa de pólipo, el primer escalón de su ciclo biológico. La turritopsis dohrnii puede ejecutar este truco indefinidamente, lo que la vuelve prácticamente inmortal.

“Água viva” es también el título de una de las novelas (?) más relevantes de Clarice Lispector, la escritora brasileña inmortal, una de las mejores escritoras de América Latina; hay quien dijo que fue mejor que Borges, como también hay quien dice que fue la mejor escritora occidental del siglo XX, cuya obra solo es comparable con la de Kafka.

Como en cualquier traducción, algo o mucho se ha perdido en las ediciones de “Água viva” en otras lenguas, empezando por el título. Quizá solo sabiendo que la novela (?) comparte el nombre con una medusa podríamos acercarnos un poco mejor a esa obra extraña, incomprensible, difícil, a la vez delicada y peligrosa, un reflejo de la vida en su estado más esencial y primordial, inasible y en constante transformación.

“Las medusas son translúcidas u opacas, con colores que van del blanco al rojo oscuro; algunas tienen patrones que incluyen rayas y manchas” [1]

Decimos que “Agua viva” es una novela, pero realmente no hay un término que la defina. Por momentos es ensayo, relato, epístola, poema en prosa, poema en verso, estudio filosófico, todo combinado en una trama que nunca queda clara.

Podríamos decir que es la historia de una pintora que entrega un largo monólogo en el que reflexiona sobre la pintura, la escritura, el ser, las palabras, el tiempo, la música, el amor, la naturaleza de la vida y, en el centro de todo, el concepto del it.

Escrito en inglés en el texto original, Lispector llama it a lo indescifrable (o sería más preciso decir lo incognoscible), un núcleo de existencia más allá del lenguaje o de las categorías humanas.

It es un elemento puro. Es material del instante del tiempo. No estoy cosificando nada, estoy sintiendo el verdadero parto del it”.

La búsqueda de ese it parece ser la ambición de Lispector (el it es también la sustancia blanca que sale de la cucaracha en su novela más famosa, su obra maestra, “La pasión según GH”). Ella sabe que se trata de una búsqueda infructuosa, porque nada, ni la palabra, es suficiente para acercarse a esa fuerza primordial.

“Todas las medusas pican, pero las picaduras de ejemplares pequeños y de aquellas con tentáculos cortos a menudo no son dolorosas para los humanos” [2]

Como “Agua viva”, el it es a la vez algo sagrado y grotesco. Encierra en sí mismo lo divino y lo abyecto. Ocupa todas las categorías que los humanos hemos creado para ordenar el mundo, pero al mismo tiempo está más allá de ellas.

Lispector explora esta ambivalencia como si quisiera captar el instante mismo en que el it se define, el colapso de su función de onda, ese punto que ella llama “el instante-ya”.

“Estoy intentando captar la cuarta dimensión del instante-ya, que de tan fugitivo ya no existe porque se ha convertido en un nuevo instante-ya que ahora tampoco existe”.

El encuentro con ese instante puede llegar en cualquier momento, o simula hacerlo, he ahí el engaño, y eso se refleja en la propia manufactura de “Agua viva”. Lispector escribió el texto de manera fragmentaria y caótica en papelitos, servilletas, hojas sueltas, que su amiga Olga Borelli le ayudó a ordenar.

Pero este orden es en sí mismo ficticio. Quizá por eso en las múltiples lecturas que demanda “Agua viva”, una tendría que ser al azar, empezando por cualquier párrafo, siempre a la espera del instante-ya.

“El comportamiento más notable de las medusas es la pulsación rítmica de la campana nadadora, que las mueve a través del agua para alimentarse y respirar” [3]

Como en el nado de la medusa, hay algo hipnótico en la prosa de Clarice Lispector. En “Agua viva” las ideas brotan en un flujo de conciencia que desafía la gramática convencional y exhibe a la lengua como el elemento central de su obra.

La palabra es insuficiente para penetrar en la realidad, pero esa búsqueda se convierte en una reivindicación del propio lenguaje.

“Estoy intentando escribirte con el cuerpo, enviarte una flecha que se hinque en el punto tierno y neurálgico de la palabra”.

Para Lispector la palabra parece haber estado condenada desde el principio. Nació en 1920, en un pueblo de Ucrania que ni siquiera aparece en el mapa, decía. Sus padres llegaron a Brasil como refugiados cuando ella tenía dos meses de edad. Pese a esto, nunca perdió el acento ruso, con una R muy marcada. Lo que sí perdió fue el nombre, porque en Brasil la niña Chaya pasó a llamarse Clarice, como si su identidad fuera ya una primera traducción.

Tal vez por eso la escritura de Lispector se mueve así, como una medusa, sin anclaje, sin centro fijo, pulsando entre la claridad y la sombra, entre lo que se nombra y lo que se escapa.

Igual que la turritopsis dohrnii, su prosa parece siempre renacer, volver al inicio de un ciclo perpetuo de metamorfosis, sin dejar de insistir en su enigma.

En el fondo, tal vez su escritura sea una trampa luminosa, un destello en la corriente de lo imposible. Tal vez “Agua viva” no sea más que una medusa suspendida para siempre en la página, en el instante-ya, transparente, electrizante, inmortal.

[1] Bernhard Grzimek. Grzimek’s Animal Life Encyclopedia. Thomson Gale, 2004, 154.
[2] Ibid., 156.
[3] Ibid., 155.