Ana volvió a la cama, se había levantado a cagar, o eso pensé, pero pensé dormido, que es lo mismo que nada. Cuando volvió, me preguntó:
—¿Quién es Miguel?
—¿Por qué? —le respondí.
—Es que lo vi en el espejo.
—¿Cuál espejo?
—El del baño —me dijo.
Pendejo yo, que pregunto, porque solo había un espejo y solo había un baño.
Con Ana dormía los miércoles, porque los jueves yo no dormía. Los viernes salía y, de los lunes y martes, no me acordaba. ¿Había más días? Vuélvete a dormir.
Me levanté temprano, puse el café y antes de que se fuera al hospital le pregunté de nuevo:
—¿Cuál Miguel?
Ana respondió que el del espejo. Se tomó el café, se levantó y se fue. No la volví a ver. Le mandé este mensaje de texto:
MIGUEL
Ana, no vuelvas. Sabes que soy miedoso y me asustas en mi propio depa. Déjate de maricadas, no te quiero volver a ver por aquí.

Eso fue todo, no volvió. Ana volvía todos los miércoles desde que llegué al D.F. Fue un acto natural, una negociación sin contrato. Me la encontré en Urgencias del Siglo XXI la primera vez que comí mole poblano y la primera —de muchas veces— que me intoxiqué. Me caga la comida mexicana. Mejor así, pensé.
Miércoles. Regresé al depa tarde, mamado de caminar por Insurgentes. Odio Insurgentes, a las gentes y a la Roma. Odio salir temprano, odio llegar tarde, odio a la vecina que no apaga el radio, al policía que me mira raro con su cara de “pinches extranjeros”, odio a la señora Esther cuando pasa el trapo oloroso a Fabuloso, odio el Fabuloso. Me tiré en la cama un rato; no fui al baño, me dio miedo estar solo. Pensé en Ana, pero Ana ya no estaba. Vio a Miguel.
¿A cuál Miguel? ¿Miguel el del espejo?
Estiré la mano, agarré la compu y la abrí.
CHAT GPT
Si he tomado 0.5 gramos de carbamazepina al día desde los 15 años hasta los 40, ¿cuánta carbamazepina he consumido en total durante ese tiempo?
(Procesando…)
Dosis diaria: 0.5 g.
Años de tratamiento: 40 – 15 = 25 años.
Días totales: 25 × 365 = 9,125 días (sin contar años bisiestos).
Consumo total: 0.5 g × 9,125 días = 4,562.5 g, es decir, aproximadamente 4.56 kg.
¿Quieres que te lo exprese también en número de tabletas (por ejemplo, si cada tableta es de 200 mg o 400 mg)?
Qué bondad la de esta máquina malparida que, además de próximamente dejarnos sin trabajo, calcula de forma impecable mis temores y además me ofrece un cálculo extra.

CHAT GPT
En 25 años habrías consumido unos 4.56 kg de carbamazepina, lo que equivale a entre 11,400 y 22,800 tabletas, dependiendo de la presentación (400 mg o 200 mg).
Me he engullido una cantidad de pepas que no pensaba calcular hasta hoy, que Bernardo, el gordo zopenco de Contable, dijo a grito de gordo: “El Chat GPT calcula todo, nos vamos a quedar sin chamba”. “Pues calcúlate esta”, le respondí desde la otra punta del escritorio comunal. Gordo manteco, pensé, ¿con qué derecho siembras la ignorancia en mí?, ¿con qué derecho me obligas a preguntar?
Si yo me embutí esa cantidad, seguro Miguel también. ¿El del espejo? O cada uno se había metido una mitad. Por eso mandé a la verga a Ana, por Miguel, el del espejo.
Aquí hay un solo Miguel, y el único que habla con Miguel soy yo. La carbamazepina no cura la locura.
Anoche me paré a hacer pipí con la luz prendida. Siempre la dejaba apagada porque me daba susto verlo, y ahí estaba Miguel. Miguel me vio mear, me vio cansado, en calzoncillos; me vio también flaco, ojeroso y abolido. Parezco prisionero, me dije. Me veo enjuto, desgarbado y acabado. Con la luz blanca del bombillo de 50 watts parecía menos que un muerto, un cadáver del color de un pollo de Bachoco abandonado en el refrigerador del Soriana, donde todos los domingos iba a comprar pan, leche y cereal.

¿Qué es lo que me duele?
Miguel, te veo como zombi. ¡Párate bien, pedazo de mierda!, aunque sea para mear, pero párate bien. ¿Dónde está la hembrita que venía los miércoles, la de las madrugadas, la que me saludaba con las tetas afuera? ¿La echaste? ¿De verdad la echaste? ¡Si serás bien huevón! Pedazo de pendejo, mírate bien: los brazos de monja, las piernas de pollo, la panza de niño malnutrido… Mírame bien y dime, ¿la echaste?
Estoy confundido, Miguel, porque no supe qué hacer.
Ella te vio y yo te vi, ella me ve y yo me vi. Así como me ves tú, me veo yo. ¿Hasta dónde eres Miguel y hasta dónde soy yo? Que soy Miguel el que ves —qué tormento, Miguel— estoy tan cansado de verte, Miguel. Tu jeta, cepillarte los dientes, olerte las axilas lampiñas, ese olor maluco del Old Spice, el bigotito imberbe que te dejas, Miguel, la camisa de rayas, la corbata mediocre de Bancomer que te anudas como para ahorcarte. Qué vergüenza nos das.
Crecimos juntos, Miguel. Te vi siempre, Miguel.
Yo era la voz, la que dijiste una vez que te hacía llorar (y sí que te vi lloriquear), besarte en el espejo, hablar de más, confesar, odiar a tu hermano y a tu mamá. Fuiste raro como yo, Miguel, adefesio como yo, Miguel.
Jueves. Me levanté temprano, puse café, me quité las lagañas de los ojos, lagañas de lágrimas rebeldes, pegostes de la soledad. Me serví el café, me di un pan Bimbo, le puse mermelada de chabacano, lo doblé y me lo metí en la boca, completito. No lo mastiqué, me quería suicidar con ese pan, Miguel, matar al otro Miguel. Me caga vivir con él, me caga vivir conmigo. Saqué el teléfono. ¿Le marco? No, mejor le escribo.

MIGUEL
Ana, perdón. Vuelve. Me porté mal. Hablé con Miguel y él también quiere que vuelvas, que lo perdones. ¿Regresas?
(…)
MIGUEL
Ana, otra vez yo. Sé que dije que te fueras, que no me medí, pero es que a veces tú no me entiendes y no me escuchas. Lo de Miguel fue un malentendido. Él también dice lo mismo y le dije: “Miguel, ¿verdad que Ana es muy linda?”. Me dice que sí, que aunque tienes las tetas caídas él te recibe de regreso. Lo que pasa, Ana, es que tú no nos entiendes.
(…)
MIGUEL
No sabes lo que es vivir con Miguel. Y Miguel dice: “No sabes lo que es vivir con Miguel”. ¿El del espejo? Sí, ese. O sea yo. Bueno, no yo: el del espejo. El Miguel que te vio… más bien, al que viste.
Vuelve, por favor.
(…)
ANA
Estás pendejo, Miguel.
Los miércoles duermo solo.