A veces el cuerpo parece borrarse, como una playa después de la marea. Pero siempre queda algo: un rastro, una marca, una grieta desde donde volver a nombrarnos. La escritura se convierte entonces en acto de resistencia y reapropiación: narrar para existir.
NuncaMas_Lucero 3

Porque ya no queda nada,

necesito que no quede nada,

para ti.

—Francisca Valenzuela

Se fueron borrando las dimensiones que me hacían ser yo.

Poco a poco. Como se borran las huellas de un paseo sobre la playa. Ola tras ola tras ola, la arena pierde los surcos que indican la pisada. Así también fui perdiendo las líneas que limitaban mi silueta, los rasgos del asomo de sonrisa, las sombras que permitían los pedazos de luz. Perdí incluso la luz.

Empezó pequeño. Callado. Sutil y casi imperceptible. Algunas palabras que dejaron de habitar mi boca. Tonadas que dejaron mi memoria. Fotografías sin rostros conocidos. Los espacios del alma suplantados por unos más ajenos. Más lejanos.

Y la mente insistió en llamarlo amor. En llamarlo realidad. Real sí era. Tan real que asfixiaba.

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Empequeñecerse es un fenómeno difícil de explicar. De entender. De capturar entre las líneas. Como algo metafísico que escapa los lindes del razonamiento. Parece imposible, pero sucede. Los bordes de la existencia se desvanecen en un intento inútil de reconocerse en un espejo falso. En un te quiero dicho a medias. Manipulador y tortuoso, condicionado y pobre.

Comienza un día, sin pena ni gloria. El día en que una conecta nodos ficticios y los convierte con alquimia en causa y consecuencia. Si dejo de ser yo, entonces podrá amarme. Si dejo de sonar a mí, entonces mereceré su cariño. Si soy menos lo que sea, entonces seré más suya. Si me pierdo, entonces me encontrará. Él me encontrará. Tanta falsedad en un solo hilo de pensamiento.

Comienza un día y no para, tela que al jalarse se deshebra sin pausa.

Dejé de poner cuadros con colores en las paredes de la casa. Tomaron su lugar los grabados monocromáticos. Los trazos angustiosos. Los muebles oscuros y sombríos. El vertiginoso blanco de los muros que se me vinieron encima. Uno por uno.

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Dejé de cantar por las mañanas. Secuestró el silencio, incluso cuando sola, incluso sin testigo. El reproche de los géneros no autorizados en el catálogo. Las melodías alegres, las letras pegajosas y cursis dejaron de estar presentes.

Dejé de soltar mi cabello, de mostrar mis piernas, de adorar mi cuerpo. Asaltaron las dudas, la inseguridad, los miedos. Las voces de la calle impregnadas de su tono, de su timbre, de su gesto de vergüenza. Tápate, por dios.

Dejé la pluma. Qué rabia. Dejé las letras. Las teclas persiguiéndose para alcanzar la velocidad de mi mente se transformaron en notas al margen. En sugerencias dóciles y elogios desbordados a unas líneas que no eran mías. Que no llevaban mi nombre, solo parte de mi espíritu embadurnado en la tinta.

Y no quedó nada.

Nada de mí. Nada mío. Me convertí en una creación toda hecha para servir al otro. Para acomodarse. Para calzar a su horma. Para llevar registro de su paso por el mundo. Personaje secundario. Actor de reparto. Copiloto ni siquiera. Nada.

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Recuperar el sitio que hoy puedo llamar casa ha sido la batalla más compleja y devastadora que he atravesado. Y no salí ilesa. Se quedaron pedazos en el camino que he reemplazado con otras cosas y otras manchas y otras flores y otros huecos que también duelen.

Pero hoy puedo decir que son míos. Los huecos y las manchas, sí, pero también las flores.

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Nunca más ceder el título de propiedad de la existencia de una misma. Nunca más desdibujar las esquinas para no incomodar al otro. Nunca más traicionarse así. Perderse. Negarse.

Ni las olas borran hoy el ahuecarse de la arena tras mis pasos.