Ser hogar en tiempos del capitalismo

Entre rentas imposibles y mudanzas forzadas, buscar un lugar para habitar también es una forma de resistencia. Cada casa que dejamos guarda las huellas de quienes fuimos, y cada nueva búsqueda nos enfrenta a una ciudad que parece olvidar para quién se construye. Habitar, hoy, es un acto político.
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¿Existe un después de las casas que dejamos?

Escribo esto a unos días de recibir un mensaje de mi casera, me dijo que no puede renovarme el contrato de renta un año más. Mi departamento, que no es mío sino suyo pero me lo “presta” por una módica cantidad —muy módica para la ciudad monstruo, a decir verdad—, se convertirá en una carcasa en busca de un comprador millonario, que con certeza terminará siendo una inmobiliaria millonaria. El lugar en el que habito, aquel que he llamado hogar por los últimos cinco años, constituye el tercer y último piso de una casa construida en 1960, cuando la Ciudad de México aún era el Distrito Federal y el milagro mexicano estaba en todo su esplendor. Es una casa atrapada entre el tiempo y dos edificios monocromáticos que la observan con vergüenza, vestigios de un pasado aburrido que parece inútil preservar. ¿Su destino? Le auguro un futuro de ruinas sobre las que se edificará otra torre gris con negro, de estilo minimalista, con al menos veinte departamentos más parecidos a un caja de zapatos que a un espacio digno y habitable.  

¿Qué es una casa cuando no la habita nadie? ¿Se llenan las paredes de nostalgia por los cuadros que colgaron desde el inicio de sus tiempos? Aún no tengo un espacio a dónde mudarme, sin embargo, ya comencé a revisar mis cajones, a escudriñar el fondo de la alacena para ver qué vale la pena conservar y qué ha cumplido su ciclo conmigo. La cantidad de cosas que acumulan polvo en un rincón es impresionante. Reunidas, parecen una llave que abre la puerta de una dimensión pasada en la que veo mi reflejo. Un retrato incómodo que, a veces, me es difícil reconocer. Una versión de lo que era antes de esta casa, de mi nomadismo, mi incapacidad de arraigo y mi corazón herido que ha mutado a otros espacios. El retrato es tan lejano que cinco años atrás pertenecen a otra película de mi vida. A este departamento le pasará lo mismo: me iré y llegarán otros, olvidará lo que fue conmigo. ¿Existirá un después de haberlo dejado? ¿O será ya otro, con otras paredes, otro propósito? ¿Seguirá siendo un hogar? 

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Buscar un hogar en tiempos de derrumbe

Esta casa llegó a mí de manera misteriosa, así me gusta pensarlo. Eran tiempos de derrumbe, de revisar los escombros de una vida que de un segundo a otro se detuvo cual reloj sin pila y cuando volvió en sí, no quedó nada más que llanto. He vivido sola desde los diecisiete años; pero nunca sola en realidad, hasta ese momento siempre con alguien: conocido o no, a veces amigos de antaño, a veces amigos por la convivencia diaria. A veces ni una ni otra, a veces decepciones. En una de esas estaba cuando decidí que era momento de “dar el siguiente paso”, moverme a un nivel más avanzado de este videojuego llamado vida y buscar un departamento para mí que no tuviera que compartir con nadie. 

En un recorrido en bici me encontré con un letrero de “Se Renta” colgado en un balcón. Mientras le tomaba una foto, una señora se acercó a mí, de la mano de un niño pequeño montado en un triciclo. Me preguntó si buscaba departamento para una persona, de inmediato le confirmé que sí y se ofreció a mostrarme el que ella  rentaba a una cuadra. Yo, que no tengo sentido del peligro, accedí a su propuesta en ese preciso instante. 

Acompañé a la señora y al niño por un pasillo estrecho, habitado únicamente por los grafitis de las bardas. Doblamos a la izquierda y caminamos hasta llegar a un portón blanco. Subí las escaleras con entusiasmo y esperé hasta que la señora abrió la puerta del departamento; ni rastro del niño que antes la acompañaba. Al entrar, mi presente pasó al olvido. Comencé a imaginar cómo sería mi vida en ese lugar y deambulé por los cuartos vacíos hasta que cayó la noche. En las paredes aparecieron sombras danzantes. Bailé tanto con ellas que mis pies dolieron y supe que era momento de irme, pero la señora no estaba, la puerta no abría. Grité su nombre, tal vez se había olvidado de mi presencia. Hubo silencio, luego risas y cuchicheos al otro lado de la puerta. Sentí miedo, ¿cómo se me ocurrió ir sola hasta allí? Golpeé la puerta con fuerza y esta cedió, salí corriendo hacia la luz del día.

Lo que pudo haber sido un true crime —que solo ocurrió en la cabeza de mi madre—, fue en realidad el inicio de una reconstrucción profunda que cimentó bases sólidas en todo lo que soy ahora, que es más auténtico de lo que alguna vez fui. Esa señora me supo perdida y dio refugio a mis dolores. Ahora, cada cierto tiempo, me señala lo diferente que me veo, lo mucho que he cambiado. No puedo evitar sonreírle con complicidad. ¿Cómo despedirse con diligencia de un lugar que me ha dado tanta calma y reafirmación ante el panorama tan turbio que encuentro afuera?     

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Los juegos del hambre inmobiliarios 

Me ha costado mucho asimilar la noticia de mi inminente mudanza, de un segundo a otro pasó del “todo va a estar bien” al miedo instalado en el tuétano. Yo, que entre risas le decía a mis amigues “de aquí no me sacan más que con policías”, he tenido que conciliar que ese momento tan temido ha llegado. Nada puedo hacer más que moverme con prisa para no quedarme fuera de estos juegos del hambre inmobiliarios. Juntar papeles, conseguir aval, buscar en grupos de Facebook, recorrer colonia tras colonia, alejarme cada vez más del centro de la ciudad para conseguir algo dentro de mis posibilidades económicas. En este juego, tengo un sinfín de privilegios que sería irresponsable de mi parte no reconocer: soy blanca, tengo unos pocos ahorros y un trabajo estable, nunca he pasado hambre, siempre he tenido un techo sobre mis hombros. Tengo privilegios, sí, privilegios de una morra clasemediera que no impiden que me paralice de ansiedad ante los precios cada vez más inalcanzables de renta. En mi universo no hay un abuelo o un padre con la seguridad de un patrimonio familiar, un inmueble quizá, que pudiera salvarme en estos momentos de incertidumbre y rapiña; no hay más que el deseo de no perder más de la mitad de mi sueldo en alquiler. Una búsqueda rápida en internet me confirmó mis peores miedos. Los espacios minúsculos, apenas para una persona, que buscan engrandecer cualidades que en realidad deberían ser consideradas un derecho humano, no bajan de los nueve o diez mil pesos. 

Me enteré de la marcha contra la gentrificación en la Ciudad de México demasiado tarde. Al revisar las notas sobre ella, me encontré con la foto de un cartel en donde se leía: “No es progreso, es despojo”. Pensé en los múltiples puestos callejeros —de periódicos, de tacos de guisado, de chucherías— que se encontraban cerca de mi casa, sobre Tlalpan, y que uno a uno han desaparecido desde que comenzaron las obras de remodelación de la avenida. Negocios que llevaban quince o veinte años se esfumaron de la noche a la mañana. Los que sobreviven perdieron sus rótulos y los colores que les daban vida; ahora son todos blancos, iguales, desde la fachada hasta la vestimenta de quienes los atienden. Todo sea por mostrar una ciudad “presentable” a los miles de extranjeros —en su mayoría blancos, con un poder adquisitivo con el que muchos mexicanos sólo podemos soñar— que llegarán en masa durante las celebraciones del Mundial. Qué ideas de progreso tan coloniales nos corren por las venas. 

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La gentrificación es un tema de desigualdad

Entre esas notas que leí sobre las marchas, también me encontré con comentarios superficiales que las calificaban de “xenófobas” o “antimigratorias”, sin detenerse un segundo a analizar las raíces profundas de un descontento social que se siente aún más volátil gracias a la fragilidad de la relación México-Estados Unidos y las constantes amenazas del monigote naranja que funge como presidente de nuestro vecino del norte. La gentrificación no es un tema migratorio, por más que me encantaría echarle la culpa a todos los gringos que aman la mexican culture y caminan despreocupados por zonas como la Roma, Condesa o la Juárez. No, la gentrificación es un tema de desigualdad, un tema de clases. Se trata de quién puede acceder al derecho básico de la vivienda digna y quién puede hacer negocios con ello. La gentrificación es el resultado de una falta de políticas públicas de apoyo y promoción de la vivienda social, de políticas de inclusión social, de regulaciones al sector  inmobiliario -esa mafia, hija predilecta del capitalismo, que especula precios y rentas con viviendas vacías mientras gran parte de la población local se desplaza más y más hacia las periferias-; de proliferación de políticas de “embellecimiento”, elitización y turistificación de espacios tradicionalmente populares, entre muchos otros factores. Es un problema complejo que no es exclusivo de la Ciudad de México ni de los extranjeros que deciden residir ahí. Es un fenómeno que aqueja particularmente a la región latinoamericana por sus altos índices de desigualdad. Latinoamérica, siempre extrema en sus contrastes.

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Buscar otras formas de habitar

Ante la misión de buscar un nuevo espacio para vivir y el constante bombardeo de información sobre las alzas de las rentas, los desplazamientos y la tibieza de este gobierno “de izquierda” que tiene miedo de aplicar las leyes y regulaciones ya existentes a plataformas de renta de vivienda temporal —cof, cof, Airbnb—, no dejo de preguntarme qué otras formas de habitar la ciudad existen. ¿Cómo hacemos comunidad en un entorno que nos expulsa a diestra y siniestra? ¿Cómo encontramos otras formas de resistencia? ¿Cómo habitamos desde la disidencia y lo comunitario? ¿Qué hago con la culpa de un privilegio que tampoco lo es?

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Por lo pronto, toca una última reunión en mi departamento. A lo largo de cinco años también ha sido hogar para mi red: visitas de lejos que terminan viviendo conmigo algunos meses, amigues que necesitan asilo después de una ruptura, cenas que reúnen a toda persona importante en mi vida, pijamadas que se vuelven infinitas. Mi red me recuerda una y otra vez que en cada espacio cambiante la esencia será la misma. No dejo de preguntarme cómo abandonaré el lugar en el que soy.