Mudarse es como un huracán
Tengo que conseguir cajas. ¿Por qué no puedo meter todo en bolsas negras y ya? ¿Por qué debo dejar todo en orden cuando estoy hecha pedazos, cuando no quiero irme?
Mudarse es como un pinche huracán. No basta con guardar todo en cajas y etiquetarlas para recordar dónde va cada una. Mudarse es tirar lo que ya no cabe, es despedirse de los objetos que alguna vez nos importaron. Es preguntarse a cada instante qué pasará cuando toque volver a irse, incluso si apenas se está llegando.
Cada quien tiene sus apegos, el mío es a los espacios. A la casa, a la luz que entra por la ventana, al olor de afuera, a las madrugadas caminando por las calles que rodean.

Cada casa tiene su olor
Cada casa tiene su soundtrack
Cada casa tiene su luz
Cada casa tiene su cumpleaños
Cada casa tiene a esa vecina a la que me gusta decirle buenos días
Cada casa tiene sus madrugadas
Sus apegos que persiguen y me hacen recordarlas, con un cigarro en una mano y un trago en la otra, mientras mis hijos duermen en sus recámaras.
Las casa de tiempo y años
La primera casa que me dejó fue la de mis padres. Viví ahí desde que tengo memoria de mí misma. Ellos siguen habitándola, tal vez por eso la despedida no fue tan intensa. Regresaba cada fin de semana a observar mi recamara, esa que mi padre tardó siete meses en volver a abrir después de que me fui. Mi mamá me confesó que él lloraba en la ventana de mi antiguo cuarto. Quizá la nostalgia y el apego vienen de familia.
Un día dejé de reconocer mi aroma en la casa de mis padres, ya no sabía donde iban los trastes de plástico ni las bolsas recicladas. Me dio ternura llegar y ver la casa pintada de un color que nunca había visto, del que no di opinión alguna. Regreso a la casa y ya no puedo quedarme a dormir, ahora estoy siempre de visita. Pero algo se queda. Aún puedo pasar horas mirando el techo, descubriendo las figuras que forma el tirol. Estoy segura de que eran caras que a veces me sonreían, otras me platicaban. Las sigo buscando en las visitas, aun cuando ya no tenemos nada que decirnos.

¿Mis hijos sentirán lo mismo cuando sean adultos?
No.
Porque yo no tengo casa de tiempo y años. Porque al parecer ahora, en este momento de la historia, tengo varias cosas en mi contra. Nací en 1987, cuando las leyes del Seguro Social dejaron a muchas del otro lado. Crecí en una familia clasemediera de los 90s, bueno, dos rayitas más abajo. Y luego la vida. Mujer divorciada, madre autónoma, medio abogada y medio artista, pedera hasta la muerte. El combo para el éxito que imagine vendría con una casa para siempre. Pero “hay cosas con las que nosotras no soñamos, hay cosas que nosotras nunca vamos a tener”, las palabras de mi madre llegaron en un día doloroso y nunca se han ido. Elijo pensar que no es cierto, que se equivoca. Pero a veces, cada fin de mes, por ejemplo, regresan y me retumban en la cabeza. Vuelvo a aferrarme a la mentira, mientras manejo a la escuela para dejar a mis hijos. Imaginamos juntos la casa de tiempo y años que algún día tendremos. Sabemos perfectamente cómo festejaremos la gran hazaña. Veo cómo les brillan los ojos mientras los míos se llenan de lágrimas.
Destruir el espacio de las pesadillas
Mudarse es una especie de migración silenciosa y aceptada. No importa si el mundo insiste en que las mudanzas en la misma ciudad no cuentan. Mudarse es siempre desprenderse de un hogar. Dejar la tierra conocida, el barrio, los árboles, el ruido, los pedazos de una versión de sí mismos.
La segunda casa que me abandonó fue la que compartí con el padre de mis hijos. Esa perra fue dura. La construí desde cero. Escogí cada baldosa, cada ladrillo, cada planta a crecer en su jardín. El divorcio fue perder ese pequeño universo que prometía ser la casa de tiempo y años donde vi nacer a mis hijos. El desprendimiento de ese apego venía en pesadillas. Extraños entrando a la casa que sentía mía. Mis gritos provocando incendios. La veía partirse en dos, con la tierra tragándose la casa completa con todos dentro.
Nunca volví a entrar. Después del último día no hubo regresos ni visitas. El último día, fue el último día. Y le lloré, le rogué y la extrañe tanto hasta aceptar que nunca fue mía. Tenía que dejarla ir antes de que mis sueños de destrucción me destruyeran a mí misma. La segunda casa que me dejó está rota. Su jardín nunca volvió a crecer. Nadie volvió a amarla tanto como yo lo hice.

Empezar en lo que queda
La casa de salvación llegó como una tabla de surf a sacarme a flote. No me gustaba, me parecía pequeña, sucia, insuficiente. Me escuchaba llorar y gritar de desesperación de tanto en tanto. Nunca pude colgar un solo cuadro ni pintar sus paredes. Nunca pude amarla, realmente.
La casa “de lo que me quedó” estaba a dos cuadras de la casa de mi hermana. Comíamos juntas casi todos los días. Las paredes de ese espacio nos arroparon a ambas y a nuestras crías cuando no teníamos nada. No teníamos colchones ni espejos, ni ganas de insistir en hacer el espacio nuestro. Queríamos tomar café en el patio sin que nos escucharan llorar. Navidad sin árbol, 40 días encerradas por una pandemia inesperada, vigilándonos la una a la otra para no caer. La casa nos miraba, respiraba profundo y no la hacía de pedo. Quizá me equivoqué al nombrarla, la tercera casa que me dejó fue en la que empezó todo.
Nunca se descompuso nada, nunca se fundió un solo foco, nunca me quedé sin gas y ningún vecino molesto fue a tocar mi puerta. Me guardaba en silencio como una hermana que te canta debajo de las cobijas mientras mamá y papá pelean en la habitación de al lado.
El día que nos despedimos no hubo lágrimas. Me dejo limpiarla en paz con entereza. Cuando saque los últimos vestigios de esa vida, voltee como quien deja el país de paso que llevará a otro. El del camino. El que dio de comer pero nunca fue para quedarse.

Olvidamos habitar las casas de los sueños
Otra casa, otro aroma, otros árboles y otras distancias. Al llegar a un lugar nuevo todo parece más grande, más bonito, se parece más al lugar definitivo. La tierra de mis sueños, el sueño suburbano. La casa donde quieres ver crecer a tus hijos. Romantice tanto la ilusión de vivir en esas paredes, en ese barrio que nunca estuvo a mi alcance en la infancia, que se me nublo la vista. Vivir el sueño y soñar son cosas distintas.
Después de unos meses de disfrute, la no pertenencia me dijo en la cara que esta tierra santa no era mi tierra santa. La renta subió tanto que fue imposible quedarme. Cuando voltee a verme a mí misma sentada en sus escaleras, las palabras de mi mamá volvieron a habitarme. No bastaba con haberlo logrado. Llegué al destino final para darme cuenta que no cabía en su espacio.
La casa de mis sueños también me abandonó, como tantas otras.
Meses después me di cuenta que ahí tampoco pude pintar una sola pared. Nunca colgué un solo cuadro. Contemplaba la casa de mis sueños en un apendejamiento que me impedía vivir en ella.

Habitar y anidar
Aprendí a anidar viendo a mi abuela cuidar a sus pajaritos enjaulados. Me confundía verlos atrapados y cantándole con devoción al mismo tiempo. Cuando nacían nuevos polluelos y sus aladas madres se negaban a cuidarlos, mi abuela los sacaba de la jaula y se los guardaba entre los senos con la cabeza asomando de fuera. Los alimentaba con una especie de papilla de alpiste y sin más, se convertía en su madre pájaro para ayudarlos a sobrevivir.
Por primera vez en 6 años, estoy anidando. Pinte las paredes de mi casa, veo crecer mis plantas. Compartó los árboles con el resto de personas que se detienen a admirarlos en la calle. Los vecinos hacen tanto ruido como yo. La casa que habito es pequeña, más que todas las que me dejaron. Un refugio dentro de un cuartel, como el rinconcito que les hacía mi abuela a sus pajaritos. Salgo de mi nido a recibir el frío de las cinco de la mañana sin buscar la tierra prometida, me quedo con la certeza del lugar seguro al que puedo regresar.

Habitar y anidar, confiar en que el alimento llegará, vendrán noches tranquilas. Despertar, crecer y hasta descansar.
Si, anidar suena maravilloso.