¿Qué queda de aquellos lugares que alguna vez habitamos? En una azotea de la colonia Roma, en Monterrey #122, hace más de dos décadas, cabían vidas enteras en cuartos de 3x3. Recordar es habitar en ese cuarto que ya no existe.
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En la planta baja vivían el conserje y su esposa, ya ancianos. 

En el primer piso, dos parejas sin hijos, una mujer sola, un treintañero estilista y alguien más que no recuerdo. 

En el segundo piso, la familia con el niño que siempre lloraba, la señora que siempre salía muy arreglada y otras personas que tampoco recuerdo. En el tercer piso, más sombras vagas. Es que ya han pasado más de dos décadas. 

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En la azotea, vivía todo el mundo.

Estaba yo, que me acomodaba muy bien en el cuarto de 3×3. Estaba el hombre muy gordo que sacaba su parrilla y cocinaba entre los tendederos frente a su 3×3. Estaba la señora que trabajaba de mesera en el Sanborns y vivía con su hijo en su 3×3.

Estaba la familia de 4 en su 3×3, con la niña que iba a la primaria y que se lavaba los dientes en el lavadero haciendo mucha espuma.

Estaba el hombre que se sentaba siempre sin playera afuera de su 3×3 y a veces platicaba con el hombre gordo. Estaba la señora que hacía la limpieza, su 3×3 estaba al fondo. Estaba la anciana que tenía su 3×3 frente a donde estaban los tanques de gas. Estaba el veinteañero de mi edad que un día me ayudó a subir un ropero que había comprado y que vivía al lado de los baños que compartíamos; cuando tenías que usarlos debías llevar tu propia cobija para colgarla como puerta.

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Estaba el otro que siempre llevaba una cobija roja, de las de tigre. Estaba la familia muy amable que tenía su 3×3 muy limpio con la puerta siempre abierta. Y estaba ese otro tipo que nunca supe exactamente en qué 3×3 vivía, pero al que siempre encontraba leyendo en los lavaderos. A veces tocaba la guitarra y cantaba, pero sobre todo leía. Leía mucho. Yo también leía mucho en mi 3×3. Nos saludábamos, podríamos haber sido amigos.

Siempre me he preguntado qué leía. Siempre me he preguntado si sabía que vivíamos en los cuartos de azotea del mismo edificio de la colonia Roma en el que William Burroughs mató a su mujer mientras jugaba a Guillermo Tell. 

Qué habrá pasado con él. Con toda esa gente. Qué habrá pasado con los tres hermanos que atendían una tienda de abarrotes en la esquina con Álvaro Obregón y donde ahora hay un restaurante de comida mediterránea. Qué habrá pasado con el empleado de la fonda que repartía comida en bici. Con la señora que vendía pambazos frente a la parada del micro. Con los del puesto de tortas. Con los de la imprenta. Con los de la tortillería. Con el matrimonio de la tienda en donde compraba el queso. Con los cuartos a quinientos pesos, la fonda a treinta y cinco, la cerveza a doce, la furia a cero. 

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Apenas sé qué pasó conmigo. Con esta ciudad.

Ahora vivo en un espacio más grande que un 3×3. Por la ventana puedo ver la torre Mitikah. Pienso en William Burroughs: 

Es tan difícil recordar en el mundo 

¿No estabas ahí? 

… 

en la ciudad de piedra roja

piel negra trabajo olor a pez y 

ojos muertos en portales 

palabras de agua roja

Monterrey 122 Fernando Rodriguez

Así que eso es. Así que eso es.