Coleccionar el tiempo ¿Cómo nos contamos historias?

Construir la memoria implica escombrar entre estos vestigios que quedan para nuestro entendimiento del pasado a través de los objetos. En las colecciones se esconden narrativas de múltiple aproximación interpretativa. Cuando hablamos de museos hablamos de historia, de recintos que preservan nuestra historia. Pero… ¿qué es lo que merece ser preservado?

El coleccionismo como pulsión humana 

Hablar de museos es hablar de la historia racional de la humanidad, una muy corta comparada con la de otras especies. El primer museo público registrado data del s.XVII [1] y el intento por definir lo que hoy llamamos museo ha persistido desde entonces. ¿Qué preservar? ¿Qué merece ser resguardado y privilegiado? 

El coleccionismo es una pulsión humana. Inicialmente, los proto-museos helenísticos conformaban centros de conocimiento junto con las bibliotecas y templos. Los objetos reportaban estéticas, historias y místicas, más allá de solo mostrarse como objetos. Veintitrés siglos después, hemos sofisticado el acto de recolectar, se preserva sólo aquello que consideramos indispensable, incluso aquello que para otros puede resultar frívolo. El coleccionismo, en la era postindustrial, se articula como una parte constitutiva y anhelada de la normalidad.  

Coleccionar es una manera de enfrentarnos a la manifestación fragmentaria del tiempo. Para los mayas el tiempo era cíclico, el pasado era lo que estaba por venir y el futuro quedaba atrás. El tiempo se repetía en ciclos infinitos y sus distintos planos convergían en ciertos momentos. Esa convergencia era la existencia misma. 

Por otro lado, las concepciones estacionales europeas entienden el tiempo como un transcurrir lineal y consecutivo. Vale la pena preguntarnos si la concepción del tiempo tiene un impacto en nuestro entendimiento del coleccionismo. ¿Qué idea del tiempo es la que estamos preservando? 

Reconfigurar el pasado

La recolección es tan antigua como la presencia del hombre y sus primeros asentamientos. En un principio, su propósito era sobre todo alimenticio y preventivo. Recolectar implicaba una proyección mental de escenarios probables, la anticipación de la tragedia y el miedo, recolectar era un acumular de más “por si acaso”, un factor característico que contribuyó a la formación de organismos políticos, económicos y sociales. La construcción de la memoria se relaciona, inevitablemente, con la representación gráfica que se ha preservado de ella. El coleccionar ha configurado nuestro entendimiento del pasado a través de sus objetos, que constituyen narrativas que reconfiguran el propio pasado según los criterios impuestos para verlas o leerlas. En las colecciones se esconden narrativas de múltiple aproximación interpretativa con “dos características esenciales: la presencia de una historia y de un narrador”[2].

Mirar lo perdido

Coleccionar nos permite construir narrativas que miran hacia lo perdido. Al pasado irrecuperable que se presenta como un eco. Esta mirada necesita de manifestaciones objetuales contenidas en los edificios públicos que son los museos, y que se han modificado a la par de la sociedad. 

Los museos no solían ser más que suntuosos templos de poder hegemónico y símbolos de nacionalismo. Estas construcciones también son demostraciones cronológicas de la antigüedad y de sus culturas, relatos que reflejan la búsqueda común para responder a los efectos del tiempo. 

Colectividad atemporal 

A lo largo de nuestra historia, hemos reflexionado sobre todo lo que nos es ajeno. Los astros, la naturaleza, el tiempo, el cuerpo, los otros cuerpos. El desplazamiento geográfico y la contemplación nos ha permitido percatarnos de las transformaciones que modifican el entorno, incluyendo la de nuestro propio cuerpo. Todo aquello que nos rodea existe por sí solo, pero también puede configurarse según nuestras necesidades, entre lo público y lo doméstico, creamos sociedades. 

Los vestigios de las antiguas civilizaciones y culturas perduran. Desde lo intangible del patrimonio oral, hasta las costumbres que repetimos en nuestros días, el coleccionismo se ha encargado de preservar objetos cómplices y testigos de estos contextos. No se trata de la utilidad o importancia del objeto por sí solo, hay una significación detrás de cada objeto coleccionado que refiere a la interpretación dominante de la cultura vigente que lo exhibe. 

Cada contenedor de objetos, mausoleos, tumbas de tiro, templos, etc. Nos narra una parte de la historia de la especie. Cada agrupación de objetos significantes es legitimada por su cultura, hay una única constante en sus narrativas: no estamos solos, no estamos aislados unos de otros. La noción del ser individual se manifiesta en la convención comunitaria que crea y recrea su propia historia, validando su presencia. Sin embargo, no todas las narrativas son preservadas. En la cultura del coleccionismo y los museos persiste una gramática diferenciadora que elige con base a la comparación o la equivalencia, una manera reduccionista de confirmarnos o negarnos unos a otros, una afirmación de alteridad. 

Coleccionar es contar historias  

¿Por qué seguir contando historias a través del coleccionismo? Una pregunta ineludible y compleja que nos remite a cuestionar los métodos de validación de nuestra especie. Incluso en las opiniones más contradictorias, es innegable el valor del coleccionismo como encaramiento del tiempo, como agente de mediación inmutable entre lo que es y lo que ha existido. Contar historias a través del coleccionismo puede modificar las narrativas impuestas, y responder a preguntas esenciales del ser “cuando el hombre se decide a ser, se siente a ser y siente al par la resistencia que se le opone”[3].

Narrativas artificiales

En este aspecto, los museos antiguos y contemporáneos son, evidentemente, presentadores artificiales de muchas narrativas que construyen identidades. No obstante, no pueden evadir una posibilidad de agencia, ya que requieren de al menos una mirada, un espectador, un sujeto. 

Desde finales del siglo pasado, se ha cuestionado si los objetos a coleccionar fueron producidos, desde un principio, para un sujeto. Las teorías de la recepción nos permiten inferir que los sujetos fueron construidos para sus objetos, en cuanto a la manipulación argumentativa como generadora de textos políticos de conformación ideológica.

En occidente, a partir de la segunda mitad del siglo XVI, la imagen religiosa fue tomada como un medio de comunicación, influyendo directamente en la preservación del discurso de clase hegemónica. El coleccionismo sacro ya venía acompañado de una única interpretación posible. La distancia de ciertos lectores-espectadores se salvaba, en cierto modo, de compartir esta mirada impuesta. El cardenal Gabriel Paleotti (1522-1597) en su Discorso intorno alle immagini sacre e profane, define cuatro clases de observadores de imágenes: 

  1. Los pintores, quienes representan 
  2. Los letrados, quienes interpretan 
  3. Los idiotas, que perciben la belleza 
  4. Los espirituales, que se adentran en lo anagógico, aquello que estimula y comenta pensamientos y acciones piadosas

Los creadores enfrentaban un reto sin precedentes hasta entonces, codificar la obra para dotarla de una gramática particular que operará distinto en cada sujeto observador y que, sin embargo, mantuviera su finalidad instructiva. Las colecciones albergadas en los museos, a partir del siglo XVII, siguieron la misma tendencia de creación y adoctrinamiento de públicos. En el Renacimiento, la categoría de sujeto-creador adquirió más importancia, con particular interés en la individualidad. 

Hoy en día, el contexto obliga a modificar los acercamientos del espectador, inmersos en una corriente tardío-capitalista, el público se asume como mercado y se le atiende de esa forma. El sujeto creador se desplaza al grado de productor, una visión que pone sobre la mesa el riesgo de mercantilizar la propia mirada, convirtiendo a los espectadores en usuarios consumidores. En este sentido, las nuevas líneas museológicas intentan ganar lectores diseñando textos que puedan resultarles atractivos, sin importar si estos permiten una continuidad o un mirar hacia el pasado. Todo gira en torno al proceso de recepción de información y referencialidad identitaria. 

El museo como organismo vivo 

Afortunadamente, el contexto actual también nos permite cuestionar nuestra mirada y presentar propuestas basadas en sistemas descentralizados no orbitales, un mecanismo de defensa a las miradas impuestas. Es posible, incluso, prescindir de una edificación física para visitar un museo. “Sin contexto no existe significado alguno”[4], hoy más que nunca es importante perseguir nuevos significados y posturas que problematicen la pluralidad de contextos y realidades que conforman nuestras sociedades. 

La reflexión interdisciplinar es crucial para deconstruir y reconfigurar los aspectos constitutivos del museo actual. Mantener vivas las diferentes miradas que pueden recorrer el coleccionismo contenido, es la única forma de convertir el museo en un “organismo vivo”. Si el destino de los museos es, inevitablemente, el de proyector político y estético de auto-legitimación, es necesario enfocarnos en construir propuestas de lectura que nos inviten a cuestionar su acervo, sin olvidar que la exhibición es solo una parte de la narrativa presentada. 

Los museos siguen representando las perspectivas de nuestra narrativa histórica. Los acervos posibilitan reflexiones sobre el ser y la alteridad. La importancia de la huella humana que han registrado por años es innegable, mientras logremos encontrar las miles de historias que cuentan sus objetos y cuestionar los criterios bajo los que se elige lo que contará la nuestra, podemos tener fe en su poder narrativo. Después de todo, nuestra especie seguirá coleccionando. 

Bibliografía

[1] Ashmolean Museum, su primer edificio fue construido en 1683 en la Universidad de Oxford, Londres. 

[2] S.R. Suleiman, “Introduction”, en The reader in the text (…) pág.3

[3]  María Zambrano, El hombre y lo divino, pág.179

[4] Gregory Bateson, Espíritu y naturaleza, pág.27



Ávila, A. (2003). El arte y sus museos. Ediciones del Serbal. 

Bateson, G. (1993). Espíritu y naturaleza. Ediciones Amorrortu.

Fernández, L. A. (2006). Museología y museografía. Ediciones del Serbal.

Montaner, J. M. (2003). Museos para el siglo XXI. Ediciones Gustavo Gili.

O’Doherty, B. (2011). Dentro del cubo blanco. Centro de Documentación y Estudios Avanzados de Arte Contemporáneo.

Piccini, M., Rosas Mantecón, A., & Schmilchuk, G. (Coords.). (2000). Recepción artística y consumo cultural. Casa Juan Pablos; Consejo Nacional para la Cultura y las Artes; INBA; Cenidiap.

Rubin Suleiman, S., & Crossman, I. (Eds.). (1980). The reader in the text. Princeton University Press.
Tedlock, B. (1992). Time and the Highland Maya. University of New Mexico Press.
Zambrano, M. (1973). El hombre y lo divino (2a ed. aum.). Fondo de Cultura Económica. (Obra original publicada en 1955).